lunes, 30 de enero de 2017

Eduardo y Pilo

Cada vez que Eduardo saca a pasear a su gato, un hecho particularmente especial acontece. Por ejemplo, ayer, a las 19:50, Pilo y Eduardo ya se encontraban en el hall de entrada del edificio de Blanco Encalada, prestos a realizar su paseo de diez minutos puntuales. El recorrido fue el mismo de siempre: una vuelta manzana en dirección horaria, tomando primero por Cuba, luego Olazábal, para cerrar por Vuelta de Obligado, terminando nuevamente en Blanco Encalada.
La mayoría de los vecinos ya estaban acostumbrados a esta imagen de un gato con collar paseando por las calles de Belgrano, pero la zona es muy transitada y siempre aparecía algún nuevo transeúnte con gesto asombrado.
Como les decía, era una constante los paseos de Pilo y Eduardo y los sucesos desafortunados. En esta oportunidad, un tachero no pudo quitarles la vista, preguntándose si eso era un perro o un gato, cuando sintió el choque contra el auto de adelante informándole que se había distraído.
El martes pasado, mismo horario, mismo recorrido, mismos dueño y mascota, no habían dado ni diez pasos de arrancado su paseo, que una señorita morruda de pelo castaño oscuro, cruzó la calle velozmente para sacarles una foto con su celular, sin percatarse que de la mano contraria venía otra chica en bicicleta que no pudo reaccionar a tiempo y ambas terminaron desparramadas en el asfalto.
No está de más aclarar, que ni Eduardo ni Pilo eran conscientes de semejantes infortunios, y mucho menos, los culpables dolosos de estos actos, pero la atención que despertaban no tenía precedente y cada día se cobraba alguna víctima.
Pobre la señora de Gómez; la primera vez que los vio se tropezó con una baldosa floja y tuvo que soportar un esguince durante quince días.
Hoy, siendo las 19:50, llueve. Pilo maúlla, se para cerca de la puerta, mira anonadado, frota su cuello por entre las piernas de su amo, pero Eduardo no quiere mojarse.
19:55, la lluvia aumenta con los llantos de Pilo que no puede entender la demora, la pasividad o la impuntualidad de aquel hombre alto y huesudo que mira por la ventana buscando consuelo.
19:57, el gato empuja inútilmente con sus patas una puerta bajo llave de 50 kilos.
19:58, Eduardo revisa el pronóstico actual del Servicio Meteorológico, como si un conjunto de medidas y predicciones pudieran modificar los sucesos del presente.
19:59, Pilo mordisquea el borde de los pantalones pinzados nuevos de Eduardo, mientras que este se da cuenta de que se olvidó de llevarlos para que les hagan el dobladillo.
20:00, para la lluvia.
20:01, Pilo y Eduardo salen a la calle.
20:05, doblan en Cuba.
20:11, doblan en Olazábal
20:16, caminando por Vuelta de Obligado, casi llegando a la esquina, a metros del departamento, mientras Eduardo mira como cierra un local de ropa de mujer, Pilo logra sacarse su collar marrón y sale disparado al acecho de una paloma.
El final de esta historia no es feliz pero, dado el momento de la narración, me veo obligado a contárselos. No sé si será el libre albedrío, el miedo a mojarse, el instinto animal, la posición de los astros o simplemente la mala leche, pero esta vez, Pilo y Eduardo fueron los protagonistas del hecho particularmente especial, por última vez.
20:17:02, Eduardo sale corriendo a los gritos con los brazos abiertos en busca de Pilo, mientras la paloma se percata de que un gato quiere jugar decididamente con su vida.
20:17:03, la paloma toma vuelo discreto pero con la suficiente altura como alejarse de las amenazas de Pilo.
20:17:05, el gato no quiere aceptar su derrota y sigue corriendo a la paloma con tanta vehemencia que cruza la calle a toda prisa y una Renault Kangoo pasa por arriba de él.
20:17:08, Eduardo siente como si un cuchillo se clavara en el medio de su corazón.
20:17:10, Pilo está del otro lado de la calle; pasó por debajo del auto sin recibir un solo rasguño, quedando un poco atontado, asustado y paralizado por los 1300 kilos motorizados que acababan de pasar por su cabeza a 45 kilómetros por hora.
20:17:11, la Kangoo cruza Blanco Encalada y Eduardo ve a su mascota en la vereda opuesta, tiritando como si estuviera a -15 grados Celsius.
20:20, domesticador y domesticado entran a su hogar.
Quizá alguno imaginó un escenario más catastrófico para nuestros protagonistas, pues bien, ambos siguen vivos y sanos.
No sé si será el destino, la pérdida de confianza, el comienzo de un trauma, la vergüenza ajena o simplemente una decisión cobarde, pero los vecinos de Belgrano no volvieron a sufrir accidentes entre las 19:50 y las 20:00, y Pilo, no volvió a dejar su departamento.