miércoles, 8 de mayo de 2013

Yo me distraigo, tú te distraes, nosotros nos "distrayemos".


Por las noches la soledad desespera, y por las mañanas también.
¿El miedo a la soledad es miedo a nosotros mismos?
¿Por qué nos cuesta tanto involucrarnos con el único ser que nos acompañó desde nuestro primer llanto y lo hará hasta el final de nuestros días?
¿Será acaso que cada vez sabemos menos de nosotros y más de los otros?
Evidentemente le tememos a lo desconocido. ¿Y si somos nuestro nuevo otro?

Pueden sonar miserables estas preguntas pero la realidad sólo me permite dudar, o al menos cuestionarme acerca de cuán necesitados estamos de contención, verdadera comunicación y cariño.
Conectarse con uno mismo, hoy por hoy, es una pérdida de tiempo. Nos aburre y desespera, nos perdemos de lo que le está pasando al de al lado. Desafortunadamente, al de al lado, nunca le pasa nada interesante. Lleva una vida más que rutinaria, aburrida y hasta insulsa. Pero no estamos aquí para juzgarlos, o si quiera para darnos cuenta, ¡y ni hablar de comparar!, porque descubriríamos que estamos más tristes y más enajenados que ellos.

Pero esta máquina, que no para porque necesita expandirse, nos distrae y genera entes de carne y hueso que interactúan a su modo, permitiéndole inflar su barriga, vaciando nuestras almas. La maquina no lo siente, sólo sale a hacer su trabajo; y lo hace bien, porque de él depende su vida.

Parejas sentadas del mismo lado de la mesa, observando el mismo bendito televisor de ayer, de hoy, y penosamente, el de mañana.

Existe una mosca que conoce mis deseos, me plantea desafíos de plástico y satisface mis futuras necesidades de papel. No tengo tiempo de alejarme, porque sabe dónde encontrarme. La publicidad me persigue, me sofoca.  Y aunque escape, corra, grite o me esconda, nunca podré salvar a todos mis compas.

Estoy cansado de las relaciones inhumanas, de las costumbres sociales y del “todo bien”. No estoy dispuesto a intercambiar una caricia, una mirada o una sonrisa por el avance de la tecnología, o la voracidad de algunos de querer conquistar el mundo.

Son momentos de transición en los cuales nuestra libertad se manifiesta en su máxima expresión. Desde caminar por la calle, tomarse un colectivo, una sala de espera, o simplemente, transitar un pasillo. Momentos de transición y momentos de soledad, donde la libertad dice presente, coquetea con nuestras almas, pero le damos la espalda. En lo profundo, somos esclavos de nosotros mismos. Auto-coartamos nuestra libertad y la intercambiamos por la estupidizante TV, la hipnotizante Internet y el dependiente celular.

Es que la sociedad amolda nuestras costumbres y pensamientos, nos distrae, y llegamos a pensar “lo que se piensa”.

Por todo esto y mucho más, puede que le esté pidiendo demasiado al pobre hombre intentando que se comunique con su propio ser bajo las condiciones actuales que lo rodean.

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