jueves, 19 de septiembre de 2013

Cruel misantropía que revuelve el té obscuro sin azúcar que tomo por las tardes cuando me aburro del canto y recurro al llanto sin perder de vista la plaga que ataca mi jardín desgastando la vida de mis rosales que no quieren salir a tomar el té obscuro sin azúcar que gentilmente preparo para ti sabiendo que las goteras que perforan tus cielos lacios sólo manchan por fuera la bondad de tu cuerpo que se rehúsa a compartir la ruta inconsistente en la que viajo hacia el contacto directo con seres extraños para satisfacer el deseo mundano de un loco esclavo aturdido por sus pecados ante la insistencia del mensaje barato que proclama entre mis brazos y a grito pelado ¡que alguien pruebe mi té obscuro sin azúcar antes de que se enfríe y se convierta en barro!

lunes, 22 de julio de 2013

Hay un zumbido que me pide silencio, busca deslizarse entre mis palabras y entorpecer mi juicio. Con respeto, me dirige hacia lo desconocido. No me está manipulando, simplemente me persuade muy amablemente, tiene buenos argumentos, y en la medida en que lo sigo, me encuentro.
Es difícil ahora desviarse de este camino, porque no está delimitado ni tiene rumbo alguno, avanza con el correr de mis logros, la fuerza de mi voluntad y la fe de mi curiosidad. Se empieza a mover más por instinto que por deducción, y así me siento libre y en paz. La paz que surge del equilibrio físico-mental-emocional. La paz que proporciona un lugar al cual volver, donde me siento querido y respetado. Intento seguir mis deseos, algunos sueños y un pequeño impulso algo reticente. Circulo con esta libertad y seguridad desde el momento que comprendí que tenía un lugar al cual regresar, un espacio para volver a ser lo que soy: mi personaje más conocido.
Alguna vez leí por ahí que el actor debe volver a aprender todo desde cero. Debe volver a aprender a mirar, a caminar, a hablar, a moverse, a relacionarse, etc. También nos han dicho que el actor debe saber bailar, cantar, dibujar, hasta cabalgar, y por qué no, esquiar. Nos dicen que debemos estar atentos y tener memoria sensorial. Todo esto está muy bien, es muy bonito, y cierto en varios casos, pero a medida que pasa el tiempo, siento que hay una sola cosa que un actor debe saber hacer a la perfección, fuera de toda falsedad y corrupción: un actor debe aprender a amar. Firmemente  con convicción y sin pudor. Amar de todas las formas posibles, con pasión, odio y desconfianza. Amar desinteresadamente, y con prejuicios. Amar sin medida, ahorrando sus energías. Amar desaforada y escrupulosamente. Amar hasta con lo que no posee, amar con la imaginación. Porque amando se entiende la gente. Porque amar no tiene precio, el precio lo pone la razón.

Y así como la sandía necesita al calor, la bacteria a la proteína, o la planta al sol, el actor necesita al grupo. Es su espacio, su ecosistema y su colchón. El grupo es todo, al menos durante esos minutos en los que transcurre la clase, el taller, el ensayo, o la vida.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Yo me distraigo, tú te distraes, nosotros nos "distrayemos".


Por las noches la soledad desespera, y por las mañanas también.
¿El miedo a la soledad es miedo a nosotros mismos?
¿Por qué nos cuesta tanto involucrarnos con el único ser que nos acompañó desde nuestro primer llanto y lo hará hasta el final de nuestros días?
¿Será acaso que cada vez sabemos menos de nosotros y más de los otros?
Evidentemente le tememos a lo desconocido. ¿Y si somos nuestro nuevo otro?

Pueden sonar miserables estas preguntas pero la realidad sólo me permite dudar, o al menos cuestionarme acerca de cuán necesitados estamos de contención, verdadera comunicación y cariño.
Conectarse con uno mismo, hoy por hoy, es una pérdida de tiempo. Nos aburre y desespera, nos perdemos de lo que le está pasando al de al lado. Desafortunadamente, al de al lado, nunca le pasa nada interesante. Lleva una vida más que rutinaria, aburrida y hasta insulsa. Pero no estamos aquí para juzgarlos, o si quiera para darnos cuenta, ¡y ni hablar de comparar!, porque descubriríamos que estamos más tristes y más enajenados que ellos.

Pero esta máquina, que no para porque necesita expandirse, nos distrae y genera entes de carne y hueso que interactúan a su modo, permitiéndole inflar su barriga, vaciando nuestras almas. La maquina no lo siente, sólo sale a hacer su trabajo; y lo hace bien, porque de él depende su vida.

Parejas sentadas del mismo lado de la mesa, observando el mismo bendito televisor de ayer, de hoy, y penosamente, el de mañana.

Existe una mosca que conoce mis deseos, me plantea desafíos de plástico y satisface mis futuras necesidades de papel. No tengo tiempo de alejarme, porque sabe dónde encontrarme. La publicidad me persigue, me sofoca.  Y aunque escape, corra, grite o me esconda, nunca podré salvar a todos mis compas.

Estoy cansado de las relaciones inhumanas, de las costumbres sociales y del “todo bien”. No estoy dispuesto a intercambiar una caricia, una mirada o una sonrisa por el avance de la tecnología, o la voracidad de algunos de querer conquistar el mundo.

Son momentos de transición en los cuales nuestra libertad se manifiesta en su máxima expresión. Desde caminar por la calle, tomarse un colectivo, una sala de espera, o simplemente, transitar un pasillo. Momentos de transición y momentos de soledad, donde la libertad dice presente, coquetea con nuestras almas, pero le damos la espalda. En lo profundo, somos esclavos de nosotros mismos. Auto-coartamos nuestra libertad y la intercambiamos por la estupidizante TV, la hipnotizante Internet y el dependiente celular.

Es que la sociedad amolda nuestras costumbres y pensamientos, nos distrae, y llegamos a pensar “lo que se piensa”.

Por todo esto y mucho más, puede que le esté pidiendo demasiado al pobre hombre intentando que se comunique con su propio ser bajo las condiciones actuales que lo rodean.

martes, 9 de abril de 2013

Linda e Ingenua Humildad

Pobre la raíz, solitaria y nerviosa, inmersa en barro, sucia y opaca. No sabe que es parte fundamental, vital para el crecimiento de una bella flor, de diversos aromas y colores flotantes. La pobre raíz vive callada, sin conocer la suavidad del viento o la calidez del sol. ¡Ay querida raíz, si supieras cuán importante es tu trabajo para que un simple hombre le declare su amor a una tímida mujer, o para que una casa se cubra de vida en sus jardines y balcones! Tú, pobre raíz, no sabes cuánto bien nos haces, porque sólo aquellos que desde el silencio y en la humildad se mueven son capaces de curar al mundo, embellecer el alma y hacernos, cada día, mejores personas.

domingo, 6 de enero de 2013

El beso perfecto.


Horas y horas divagando, pensando cómo será, ese momento en que tus labios abracen los míos, y por primera vez sellen sus lazos de amistad. Necesito que me mires para poder empezar, ese encuentro húmedo, suave e intenso, que tanto alivio traerá, a nuestros cuerpos ansiosos que practican piruetas de aquí, para allá; pero los protagonistas son ellos, los labios, los únicos que saben besar.
Un pequeño mordisco en mi reborde inferior, el más carnoso, el que más te gusta, me da la pauta de que aún estoy vivo, mas luego tus labios lo adormecen en caricias y mimos, y no me puedo quejar.
Existe algo que se llama tiempo, y el hombre suele contar, pero mi corazón galopa como alazán, y no encuentra un momento para sumar, las horas que paso inconsciente entre tus labios, los únicos que saben besar.
De repente encontramos la posición perfecta, estamos hechos para tal. Tu lengua juguetea en un sinfín de movimientos sinuosos, que sólo al vértigo se pueden comparar. Pero no quiero que termine, la adrenalina se evapora y yo apunto de estallar.
Por un instante te miro y recuerdo al celoso mar, que con sus olas abraza a la roca, sin dejarla escapar. Y me zambullo vehemente en tu mar epicúreo, donde nadamos desnudos, entre transpiraciones y más, sin olvidarme de tus tiernos labios, los únicos que saben besar.