lunes, 27 de agosto de 2012

Falsa Libertad.


Es un desperdicio. Cada gota, cada lágrima. Es un desperdicio que no tiene fin, incontrolable. Nunca pensaste que esto te podía llegar a pasar, pero pasó, y ahora las cosas son mucho más sutiles, delicadas e intensas. La piel sigue su juego y es veneno que enternece. La piel sigue su juego pero las reglas nunca vienen. Ya estás penetrado, no tiene sentido que intentes una y otra vez sacudirte, menos pedir perdón, si no estás arrepentido. Mirá las agujas del reloj. ¿Qué hora es? No importa, ¿verdad? Dejaste que te lleven tus instintos y perdiste tu libertad. Dejaste que te lleven tus instintos y ganaste la gloria. Dejaste que te lleven tus instintos y te despediste de todo. Lo bueno, lo malo, ya nada te asusta cuando se pierde el miedo a la muerte. Lo bueno, lo malo, ya nada te impide envejecer. Pero estás dañado, tenés un problema de fábrica. Cargás con las culpas de la sociedad que te vio crecer. Cargás con los prejuicios de tus padres y las culpas de tus pares. Es un pequeño tatuaje del que nunca te desharás y por siempre llevarás. Hagas lo que hagas, nunca serás ese ser libre que leíste en cuentos, admiraste en sueños o simplemente experimentaste por momentos. La única forma de ser libre es volviendo a nacer.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Retratos de un noctámbulo - Parte IV



Resucité bajo las precarias chapas oxidadas de mi memoria, sobre el hediondo cartón del olvido. Todas las necesidades que un hombre puede llegar a sufrir se hicieron presentes ante mí y sentí un agobio merodeador que se empecinaba por hacerme entender el penoso pecado que era volver a vivir.

Siempre fui correcto para la danza, o al menos, eso creía. Comencé a balancearme, lado a lado de la calle, con soltura, gracia, hasta se podría decir que lo hacía bien. Ligero de piernas y de culpa, a galope constante y prolijo, recorrí cada una de las veredas que me vieron crecer. El barrio no había cambiado en nada, todo en el mismo lugar. Las casas, sus colores, Don Eugenio, la peluquería y el limonero. Todo en su lugar; menos yo.

Recordé aquel ciprés que había en el parque y me senté junto a él. Escalé por sus ramas, como siempre me gustó hacer y encontré el lugar perfecto para descansar. Su tronco firme era el respaldo perfecto, y sus hojas, el refugio ideal. Esa tranquilidad que sólo la naturaleza es capaz de darnos, me invadió, y con el solo deseo de hacer de aquel un momento eterno, aflojé cada articulación y bebí de la sabia que me vio nacer. Un sorbo. Otro. Estaba exquisita y yo, de repente, tan sediento. No me había saciado ni en lo más mínimo cuando la presión morigeró y la sabia se empezó a consumir. Estrujé las ramas con toda mi fuerza, presioné y sacudí sin descanso. La ansiedad me guiaba, quería más. Necesitaba más. Subí hasta la cima del árbol para ver si entre sus tallos vírgenes encontraba más de esa sustancia vertiginosa de la que nunca me iba a cansar. Nada, vacío, hueco. El ciprés ya estaba viejo y seco, pero yo necesitaba más. La impotencia de no encontrar lo buscado se cruzó con la bronca de la necesidad no saciada y me perdí. Descendí a sus raíces, excavé con furia. La tierra penetraba en mis uñas y en mis pulmones. Yo necesitaba más. Arranqué todo lo que se encontraba a mi paso, pero la luz me abandonaba y me encerró la oscuridad.  

lunes, 6 de agosto de 2012

Introducción a la nada.


La promesa de escribir es una demanda vacía que repito incansablemente por las noches sin resultado alguno. Como se verá, no hay palabra que refleje mi sentir, ni construcción gramatical que califique como genuina. La poesía no se hace presente esta noche y la humedad empaña lo poco que queda de vida en la creatividad de mi ser. No sé por qué insisto con esto si los resultados son calamitosos, la angustia no se apacigua y mis dedos torpes yerran en su función. Es tal la bajeza de mis frases que he tenido que cubrir mis queridos libros con papeles de diarios para que Baudelaire, Unamuno, Arendt y tantos otros, no sean cómplices de este circo de caracteres.
Hay un objetivo claro en esto: el reproche. La escritura como camino hacia la autodestrucción, la crítica permanente de mi persona y la no satisfacción, son sólo parte de un cuestionamiento perseverante hacia todo lo que tenga que ver con mi cobarde pasado, mi desabrido presente y mi futuro incierto. Pienso, ingenuamente, que quizás la libertad que no practico fuera de esta habitación, se encuentre entre estas líneas vacías de contenido valioso para la humanidad y sin sentido alguno para ustedes.
Pero este camino de liberación no llega a destino, los recuerdos son cada vez más escasos. Mi imaginación dicta y somete, y ya no puedo distinguir entre mis creaciones y mis experiencias, entre mis delirios y mis anécdotas, entre mis sueños y mi pasado. Creo que todo recuerdo feliz fue inventado para socavar la bronca de una vida que fenece.
Y es que sólo aquí me animo a ser yo mismo. Sólo aquí me atrevo a develar quién soy. La promesa de escribir va tras el anhelo de algo mejor. En busca de un abrazo cálido que exprese la mentira cotidiana en mis días, que indique la falsedad con la que te miro mientras una tormenta me azota por dentro.
Mientras sus tés se enfrían, les dejo estas líneas que buscan desenfrenadamente algo de paz.