lunes, 11 de junio de 2012

La Cosa ha nacido.

Un día apareció Heidegger y dijo: “Dios ha muerto”. Luego vino Foucault y decretó: “El Hombre ha muerto”. Hoy, en un acto de originalidad, vengo a contarles que “La Cosa ha nacido”. Dios ha muerto para convertirse en Hombre, quien también ha muerto para convertirse en CosaEl hombre ha dejado de ser sujeto, para convertirse en objeto, pero no de estudio.
Los objetos se han transformado en nuestros dioses y nuestra vida gira en torno a lo que tenemos o dejamos de tener. El consumo se hace presente en nuestras vidas y nos consume, nos sofoca, nos enceguece. La cultura de la Cosa nos aleja de lo poco humano que nos queda. La cultura de la Cosa no nos permite conectarnos con nuestros sentimientos, con nuestros amigos, ni con nuestra familia. Se han generado nuevos lazos con nuestros seres queridos. Ya no acariciamos, regalamos cosas. Ocultamos nuestros problemas en los centros comerciales. La Cosa nos da alegría y empaña la agonía. Los seres humanos nos hemos vuelto animales de consumo.
La Cosa decide y piensa por nosotros. La Cosa forma opinión. La Cosa se desea, se compra y se renueva. La Cosa tiene vida...

Consumimos la Cosa para pertenecer. ¿Y si dejamos de comprarla? ¿Y si pertenecemos dejando de pertenecer? ¿Si pertenecemos a los que no pertenecen?

Ya no hay siquiera un sentido de dominación hacia la Cosa. Todo es distracción, publicidad, marketing. Fácil, rápido, seguro. Éste es el sustento y la fomentación. La creación de necesidades, la manipulación de la razón. La razón de la Cosa. El sueño de la Cosa propia...

¿La Propaganda ha muerto también? ¿O siguen habiendo ideas a-monetizadas?

El producto es el mejor amigo del hombre. La Cosa nos hace compañía y tapa nuestra soledad.
Cual latido o palpitación, la renovación constante de la Cosa ya ha logrado algo impensado: que al rico siempre le falte. Sin la Cosa ya no valoramos la vida. O, mejor dicho, ya no la valoramos como vida per se, sino por la cantidad de cosas que hemos juntado a lo largo de ésta.

La Cosa ya se describe como linda, fea, buena, mala, inteligente, alegre o triste.

En la mente de un psicópata, las personas se convierten en recursos, herramientas, cosas. Se les busca utilidad, cómo sacarles provecho o simplemente se las cosifican. Esto hace que muchas veces no puedan mantenerse dentro de los márgenes de la legalidad, ya que romper una caja no está mal, pero martillar una cabeza, sí. Los psicópatas carecen de superyo, esa vocecita que nos dicta qué está mal y qué está bien, cuándo nos estamos excediendo y cuándo debemos reprimirnos.

Me pregunto esto con un poco de miedo: ¿cuán lejos estamos de un psicópata como sociedad de consumo? ¿Cuánto tiempo nos queda para que las cosas pasen a ser esenciales? (si no lo son ya). ¿Cuándo nos daremos cuenta de que nos estamos volviendo esclavos de la materia? Si en realidad sí tenemos superyo, ¿será verdaderamente nuestro? Mejor dicho, ¿alguien se ve favorecido por esta valoración de la Cosa?

Esta no es una disertación en contra del capitalismo, es solamente la indignación de una persona que no quiere convertirse en Cosa. Una persona que aún se siente viva y quiere deshacerse de las cosas que lo rodean. Que quiere mutilar ese deseo adquisitivo, poseedor. Alguien que quiere reformular la manera en la que le damos valor a las cosas. Alguien que quiere poner a la Cosa en su lugar...