lunes, 6 de agosto de 2012

Introducción a la nada.


La promesa de escribir es una demanda vacía que repito incansablemente por las noches sin resultado alguno. Como se verá, no hay palabra que refleje mi sentir, ni construcción gramatical que califique como genuina. La poesía no se hace presente esta noche y la humedad empaña lo poco que queda de vida en la creatividad de mi ser. No sé por qué insisto con esto si los resultados son calamitosos, la angustia no se apacigua y mis dedos torpes yerran en su función. Es tal la bajeza de mis frases que he tenido que cubrir mis queridos libros con papeles de diarios para que Baudelaire, Unamuno, Arendt y tantos otros, no sean cómplices de este circo de caracteres.
Hay un objetivo claro en esto: el reproche. La escritura como camino hacia la autodestrucción, la crítica permanente de mi persona y la no satisfacción, son sólo parte de un cuestionamiento perseverante hacia todo lo que tenga que ver con mi cobarde pasado, mi desabrido presente y mi futuro incierto. Pienso, ingenuamente, que quizás la libertad que no practico fuera de esta habitación, se encuentre entre estas líneas vacías de contenido valioso para la humanidad y sin sentido alguno para ustedes.
Pero este camino de liberación no llega a destino, los recuerdos son cada vez más escasos. Mi imaginación dicta y somete, y ya no puedo distinguir entre mis creaciones y mis experiencias, entre mis delirios y mis anécdotas, entre mis sueños y mi pasado. Creo que todo recuerdo feliz fue inventado para socavar la bronca de una vida que fenece.
Y es que sólo aquí me animo a ser yo mismo. Sólo aquí me atrevo a develar quién soy. La promesa de escribir va tras el anhelo de algo mejor. En busca de un abrazo cálido que exprese la mentira cotidiana en mis días, que indique la falsedad con la que te miro mientras una tormenta me azota por dentro.
Mientras sus tés se enfrían, les dejo estas líneas que buscan desenfrenadamente algo de paz.

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