viernes, 16 de diciembre de 2011

Retratos de un noctámbulo - Parte III

Resucité bajo las precarias chapas oxidadas de mi memoria, sobre el hediondo cartón del olvido. Todas las necesidades que un hombre puede llegar a sufrir se hicieron presentes ante mí y sentí un agobio merodeador que se empecinaba por hacerme entender el penoso pecado que era volver a vivir. Extirpado de mis recuerdos, todo lo aprendido e incorporado durante mis abriles se hizo añicos un segundo antes de abrir mis ojos. La angustia carcomía las paredes de mi cabeza, ya resquebrajadas y percudidas por aquella fútil humedad. Humedad que avanzaba vehementemente, volviéndolo todo tan pesado que el cielo se derrumbaba sobre mi espalda a cada paso que daba, y el aire se hacía rogar a cada bocanada. Mi castigo era mi destino y mi pasado, mi recompensa. ¿Cómo mirar hacia adelante cuando la esperanza ya fue rematada, cuando la ilusión se evaporó con tu mirada y la vacilación hace estragos con mi corto juicio?

Comenzó con una gota, luego otra. De a poquito y sin darme cuenta, estaba nadando en un mar ajeno de agua salada. Mis aletas se tropezaban con las olas y desafiaban la marea, que proveía el medio perfecto a mi locura. Nadé y nadé con todas mis fuerzas, y cuanto más nadaba, menos me cansaba. Más avanzaba, menos infeliz me sentía. Tengo miedo de decirlo, pero creo que por primera vez en mucho tiempo, me sentí fuerte, ágil y vital. Mis lágrimas ya no eran de rabia, bronca o amargura. Mis lágrimas no exigían justicia ni pedían piedad. ¡El perdón por fin había llegado! Mis manos, mis alas, mi pobre pizarra… La montaña rusa se había detenido. El péndulo había dejado de oscilar y ya no había más vacío.

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