lunes, 28 de noviembre de 2011

Retratos de un noctámbulo - Parte II

Resucité bajo las precarias chapas oxidadas de mi memoria, sobre el hediondo cartón del olvido. Todas las necesidades que un hombre puede llegar a sufrir se hicieron presentes ante mí y sentí un agobio merodeador que se empecinaba por hacerme entender el penoso pecado que era volver a vivir. Mi abrigo estaba compuesto por un par de diarios viejos, un saco a cuadros color marrón y la sábana de la cama donde jamás pude descansar. Mi mente era un pizarra en blanco, pero pizarra al fin. No hay sinónimos para el olvido cuando las palabras se pelean por tratar de recordar y un murmullo arrepentido le dicta a mi soledad.


Con la ayuda del viento, que advertía la llegada de una inmensa tormenta y sin pensar ni por un segundo en lo que iba a suceder, tomé coraje, abrí mis alas y volé. Era capaz de verlo todo, de sentirlo todo. Mi pobre pizarra comenzó a retratar aquellos paisajes que en algún momento tuvieron vida, que supieron jugar a la escondida y hasta se dieron su primer beso. Pero ya no quedaba nadie a quien descubrir, ya no quedaba nadie a quien besar. La aspiradora de la felicidad había cumplido con su trabajo y todo lo que encontró a su paso quedó convertido en polvo. 


En la medida en que el viento fue cediendo, mi velocidad fue menguando y las imágenes crecieron, se hicieron enormes. El pasado fue presente y el presente, pasado. Estúpida claridad que me sacude con su estúpida nitidez. ¡Dios, no quiero saber tanto! ¡No quiero formar parte de esto! No quiero hacerme cargo de tus miserias ni de las mías. Hagámonos cargo de nuestros secretos.

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