miércoles, 23 de noviembre de 2011

Retratos de un noctámbulo - Parte I

Resucité bajo las precarias chapas oxidadas de mi memoria, sobre el hediondo cartón del olvido. Todas las necesidades que un hombre puede llegar a sufrir se hicieron presentes ante mí y sentí un agobio merodeador que se empecinaba por hacerme entender el penoso pecado que era volver a vivir. Deseando arrancar por completo a cada uno de mis sentidos, me fui incorporando lentamente a eso que jamás pude describir. La mitad de mi cerebro quería recordar, la otra, comprender. Me era imposible ayudarlas y ni siquiera pude, al menos, lograr que se pongan de acuerdo. Lo único verdaderamente tangible era esa sensación que me confesaba una vida pasada, una vida olvidada. Pero era sólo eso, una sensación. Como un grito en el vacío, ahí estaba. Me miraba y yo sin poder contestarle. ¡Qué impotencia, por Dios! Era una sensación amorfa, falta de contenido, que me inquietaba tanto... Cuando sentí que no iba a poder contenerla más, un soplo alicaído regurgitó por dentro y me devolvió una pista; delató a mis manos.


Aún no soy capaz de asegurarlo plenamente pero ellas, mis manos, con sus borrosas y resecas huellas, intentaban hacerme recordar la existencia de ese algo ajado que seguía perturbándome. Mis manos se volvieron mi todo, mi centro de atención, mi universo. Eran mi único cachito de certidumbre entre tanto desorden. Y de tanto mirarlas, observarlas y analizarlas, me empezaron a picar. Comenzó por un dedo, subsanado por otro. Luego la picazón llegó a un tercero, y a un cuarto dedo. Finalmente todo lo que alguna vez me había servido para palpar, acariciar o golpear se encontraba percudido por esa insufrible picazón, que no tenía razón de ser, mas no dejaba de castigarme. La picazón se extendió por mis brazos, llegó a mis hombros, recorrió mi espalda y siguió derecho hasta mis pies. Lo peor que me podía pasar en ese momento era no morir.

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